La Poesía y los inquilinos de la mente

“Escucho el silencio y la lluvia ataviada…” no sabia si era el inicio o el final para uno de sus poemas; o mejor dicho, uno de sus tantos inicios sin final. Sentado en la cerca de ladrillos que rodea el almendro mas viejo del parque, con un manojo suelto de hojas curtidas y acompañado en sus memorias por otras vainas, reanudaba el camino; así llamaba Carmelo a lo que escribía. Un poema es sencillamente un camino, cuando comenzaba a caminar, Carmelo tenia una idea clara del lugar que transitaba, sus sentidos apresurados ya habían hecho el recorrido, árboles adornaban los costados, hojas secas y mariposas revoloteando, prados con pequeñas manchas de colores alegres, un arroyo producía la mayor parte del murmullo, el olor a madera del puente o una hilera de piedras aceitadas por el musgo que crecía bajo el paso del agua permitían el cruce entre metáfora y realidad, o hacia la orilla opuesta, todo este escenario era montado sobre un atardecer con múltiples azules y grises inmensos, y justo cuando se empezaban a sofocar el día, la atmósfera de este valle libre derramado en verdes, reaparecía en un arco iris carmesí. Si era de noche el camino era acompañado por tantas luciérnagas que si se quitara esa luna inocultable, seria imposible distinguir el cielo y el suelo. Una vez terminado de recorrer, al camino le correspondía tomar su forma. Comenzaba la escritura sobre el papel aclarado con un poco de emoción y esculpido con un lápiz. Al dar algunos pasos, unas palabras, todo se nublaba, parecía que llegara a su fin, el caminante que mutaba en poeta no veía mas allá de la ultima letra clavada sobre el original, entonces luchaba contra si mismo, no podía salvar algo que mientras nacía iba muriendo. Esa tarde en el parque, cerca al almendro, el caminante lleno de rumbos yacía inerme bajo aquella vieja sombra.
Carmelo, el que en algún momento de su vida garabateaba versos con tan solo esgrimir su pluma, ahora navegaba sin rumbo en páginas medio ralladas. Algo dentro de él no le permitía expresarse de la manera en que siempre lo había hecho, así que cada intento fallido, cada camino bajo letras inconcluso, era como un alud que enterraba su cuerpo bajo un sentimiento de miserablesa tan hondo que era común verlo deambular, arrastrando sus pies, desconociendo su corporeidad. ¿Cómo no entenderlo? Si cuando las personas lo oían declamar, eran absorbidas por el tono de su voz y la cadencia de sus rimas, sus pausas entre versos eran los silencios más notables, su reputación era tan fuerte como su determinación a no copiar, ni siquiera a leer lo que otros ya habían hecho. Cuando regalaba un poema generalmente era acompañado con la promesa de que era único y que nunca mas volvería a componer uno igual.
Carmelo y sus pocos amigos hablaban de cambiar el mundo, tomaba café y algunas veces fumaba. Trabajaba, bebía los fines de semana y cuando iba al cine, llegaba temprano, le gustaba ver la pantalla blanca, era lo único limpio de la ciudad, leía muy poco. La mujer ocupaba un gran espacio en su tiempo, para ella solo la contemplación, para lo demás la reflexión, de la mujer no se puede pensar mucho, no es igual a otra pero es incomprensible “bellas y temibles, ¿Qué puede superarlas?...” sus versos transparentes y  con poco oculto trataron de conquistarla, los enviaba a la guerra sabiendo que ya estaba perdido. Las más peligrosas son las bellas que saben que son bellas. Nunca pudo hallar algo mas inspirador que ella en su simple complejidad, nunca pudo hallar palabras para acercase a lo que en ella lo conmovía. Nunca le había dicho a la mujer que quería, que la quería, que el tiempo parecía detenerse cuando advertía que ella lo advertía, que sus días eran mas felices cuando podía mirarla con indiferencia, que cualquiera de sus movimientos lo enajenaba, cuando sonreía, cuando se acomodaba el cabello,  “cuando juegas con tu cabello, también lo haces con mi alma…” estaba decidido a enviarle una nota, pero se arrepintió, se creía un desafortunado en las cuestiones del amor pero era mas fuerte su miedo a lastimarla, no le gustaban los compromisos que había que mostrar en sociedad, prefería la clandestinidad. En resumidas cuentas, tenía todo lo que necesita un poeta para ser poeta.
Sus padres se habían separado cuando el tenia 8 años, su madre vivía en el centro y la veía estrictamente en fechas especiales, que eran las mismas fechas especiales de todo el mundo. Su padre vivía cerca al mar, al principio lo visitaba cada 6 meses después cada 2 años, luego no hubo después; eso nunca lo abatió, sufría por que no pudo ver crecer a su hermana, a Sara, la última vez la vio dormir en su cuna -“quizás te cantaba sin mi voz…”-  y supo que no vería algo mas hermoso. Sus recuerdos siempre lo traían al mar, lo recordaba oscuro con crestas blancas, atravesado por diques de piedra coralina, piedras que apiladas formaban los laberintos en los cuales se escondían los cangrejos que perseguía con los demás niños, eran buenos recuerdos, recuerdos que lo inspiraron muchas veces -“el mar comparado con tu belleza solo seria una gota de rocío al amanecer…”- sin embargo dejo de utilizarlo en sus composiciones. Un día, cuando después de varios años volvió al mar, mientras se sumergía como antes y probaba el agua salada, mientras clavaba sus manos en la arena y la estrujaba con sus dedos, mientras buscaba los mismos cangrejos, mientras oía las olas galopando sobre los mismos diques, diviso como el sol emprendía su huida por el fondo del horizonte, el cielo tomaba una nueva forma cambiando de acentos, aquella visión lo atrapo completamente, lo elevo de su cuerpo -“el sol se entregaba plácidamente a la tarde…”  el viento parecía quitarle la vida a todo. Cuando el mar extinguía las últimas líneas luminosas, sintió que su pecho se despedazaba, trato de describirlo pero su mente no pudo amoldarse a la perfección de aquel momento, no pudo soportarlo.
Acaso sufría una perdida temporal de inspiración o era un periodo de escasez temática , ni lo uno ni lo otro, al contrario; pareciera que Carmelo  alcanzó a lo largo de su vida, tal grado de sensibilidad que sus habilidades para la redacción habían sido perturbadas, una forma particular de entender lo cotidiano al adquirir la capacidad de maravillarse con las cosas simples; la lluvia sobre el tejado, las ramas de los árboles moviéndose al compás del viento, los amaneceres, la noche en los campos, la niebla agitada por el paso de su moto, los pájaros recogiendo briznas para sus nidos, las canciones de los que protestan, la luna polifacética, el ron castaño y al clima, es decir, sus fuentes de inspiración eran variadas e inagotables en cuanto a los sentidos. Se hacia tarde, Carmelo fue por una pizza.

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