Kurt Kobain, como pocos, alcanzó el Nirvana.

Su música era como un sedante, hijos de la última generación inocente en la que todo era fantasía y vergüenza. En términos generales no daban consejos, ni siquiera entregaban mensajes. Despreciaban a quienes se vestían y pensaban como sus padres, el rock es una forma de expresión del alma y las almas no son iguales.

Nirvana, Undergroud americano, energía agresiva, canciones malas, pero a pesar de todo, un espacio en la sociedad en el cual la gente tenía la posibilidad de ser. Los buscaban cuando no había material, cuando no había esperanza, cuando la gente se aburría o se quedaba sin motivos, no eran unos mercaderes, tocaban lo que necesitaban.

Toda su vida pensó en morir, como lo hace cualquier persona. Kurt era un filosofo al que le gustaba la caricatura, todo era una parodia, incluyéndose. En su tiempo entendió que la música ya no era importante para los jóvenes, los sonidos y tonos se convertían en las maquinas virtuales que los producían, y esas maquinas empezaron a drogar a la gente.

Su historia no fue triste, no es algo sorprendente, tampoco algo nuevo, pero fue común; fue criado en algo que no pudo tener: Una familia. Le preocupaba la juventud, criticaba a las personas que después de tener hijos, sin al menos pretender cortesía con los niños y las niñas, se divorciaban.

Encontró un lugar apartado del mundo, siempre le huía a la carga, sabia que si lo descubrían lo crucificaban. Fue una vida relativamente corta, pero extensa, uno de sus temas: Lo volvería a hacer, lo planeo volver a hacer, estoy en un callejón oscuro al lado de una caneca llena de basura, pensando como voy ha hacerlo nuevamente.

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